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Astronomía · Escalas del universo

Lo más rápidono es suficiente

299.792 kilómetros por segundo: el límite del universo. Aun así, la luz tarda 2,5 millones de años en llegar desde Andrómeda.

La luz puede rodear la Tierra siete veces y media mientras cuentas un segundo. En el universo, ni eso parece rápido.

Por Francisco Javier Hernández Montoro · La Mirada Tecno28 de julio de 2026 63 min de lectura Datos: BIPM · NASA · Gaia · Nature Astronomy
Dos profundidades Misma historia, con el detalle que tú elijas
Desplázate
Compara un segundo El medio cambia la distancia recorrida
299.792 km/s · el fotón completa 7,48 vueltas

apúntalo antes de mirar

v = c/n

299.792 ÷ 40.075

7,48 vueltas por segundo

El número sale de una división de colegio: la Tierra mide 40.075 kilómetros de contorno por el ecuador y la luz recorre 299.792 en un segundo. Pero esa velocidad esconde una trampa preciosa: no es una medición, es una definición. Desde 2019 es una de las siete constantes que sostienen el Sistema Internacional de Unidades, y su incertidumbre es exactamente cero. No porque la midiéramos muy bien, sino porque dejamos de medirla. El metro se define hoy a partir de ella: la distancia que recorre la luz en 1/299.792.458 de segundo. Le dimos la vuelta al problema. Y la consecuencia es más rara de lo que parece: si mañana alguien afinara la medida, no cambiaría el número. Cambiaría el metro.

Tres siglos para llegar a ese número

Y no fue contra la ignorancia. Descartes defendía que la luz se transmitía de forma instantánea, y no era una intuición vaga: era una tesis articulada, con su propia prueba observacional, que le salió negativa porque partió de datos equivocados. Quien la refutó fue el danés Ole Rømer, en 1676, mirando a Júpiter. Llevaba años cronometrando los eclipses de Ío, su luna más interior, y notó algo raro: llegaban tarde cuando la Tierra se alejaba y pronto cuando se acercaba. El desfase no estaba en Ío, sino en el camino: cuando la Tierra se aparta, el aviso de que la luna se ha apagado tiene que recorrer más distancia, y llega con retraso.

Rømer no dio una velocidad, ojo. Dio un tiempo: calculó que la luz tardaba unos 22 minutos en cruzar el diámetro de la órbita terrestre. Se pasó en un tercio —son 16 minutos y 38 segundos—, pero la idea era exacta. La primera cifra en unidades terrestres tampoco es suya: la sacó Christiaan Huygens de esos mismos datos catorce años después. Le salieron unos 212.000 kilómetros por segundo, un 29% por debajo del valor real. Medirla sin salir de la Tierra tardó siglo y medio más. En 1849, Hippolyte Fizeau lanzó un rayo entre los dientes de una rueda que giraba a toda velocidad hacia un espejo de Montmartre, a 8.633 metros, y ajustó el giro hasta que el reflejo volvía justo a tiempo de chocar con el diente siguiente. Le salieron 315.300 kilómetros por segundo: un 5% de más, con una máquina de latón.

La trampa del vacío

Conviene una precisión que el gráfico deja caer sin explicar. Todo lo anterior es la velocidad de la luz en el vacío. En cualquier otro medio va más despacio, y cuánto depende de una sola propiedad del material: su índice de refracción. La velocidad real es la del vacío dividida entre ese índice: v = c/n. En el agua el índice vale 1,33 y la luz baja a unos 225.000 kilómetros por segundo. En la fibra óptica por la que llega esta página a tu pantalla va a unos 204.000: dos tercios de su marcha máxima. Por eso una videollamada entre Madrid y Sídney llega con retardo por perfecto que sea el cable. No es culpa del cable: es culpa del cristal.

Y ahí se abre la grieta más bonita de esta historia. Si dentro del agua la luz va más lenta, algo puede adelantarla. Las partículas que escapan del núcleo de un reactor lo hacen, y se ve a simple vista: el resplandor azul de las piscinas de combustible es una onda de choque luminosa, el equivalente óptico de un estampido sónico. Con la luz como vara de medir, el barrio se vuelve doméstico. La Luna está a 1,28 segundos-luz. El Sol, a 8 minutos y 19: si se apagara ahora mismo, seguiríamos viéndolo brillar más de ocho minutos.

Primero, la cuenta fácil: 299.792 ÷ 40.075 = 7,48 vueltas. Pero hay un giro: esa velocidad ya no se mide, se usa como una regla perfecta. Antes medíamos la luz con el metro; ahora fabricamos el metro con la luz.

Cómo descubrimos que la luz no llega de golpe

Durante siglos se creyó que la luz llegaba al instante. En 1676, Ole Rømer miró una luna de Júpiter y vio que sus eclipses unas veces se retrasaban y otras se adelantaban. No era la luna: cuando la Tierra estaba más lejos, su luz tardaba más en alcanzarnos.

Rømer no acertó la cifra, pero abrió la puerta. Huygens hizo la primera cuenta y, mucho después, Fizeau consiguió medirla en la Tierra con una rueda dentada, un espejo y un rayo. Ciencia hecha con paciencia y una máquina de latón.

La luz también puede ir más despacio

Los 299.792 km/s solo valen en el vacío. En el agua, el cristal o la fibra óptica, la luz se frena. Por eso una videollamada con Sídney siempre tarda un poco, aunque el cable sea perfecto.

Y ocurre algo increíble: dentro del agua, una partícula puede adelantar a la luz. El brillo azul de un reactor es la onda de choque de ese adelantamiento, como un estampido sónico hecho de luz. Cerca de casa, la Luna está a poco más de un segundo-luz y el Sol, a ocho minutos.

LA LUNA A 384.000 KM · IDA Y VUELTA APOLO ≈ 2,6 S

SOL · 149,6 MILLONES DE KM · LUZ: 8 MIN 19 S

Andrómeda · 2,5 millones de años luz

Andrómeda es lo más lejano que casi cualquiera puede ver sin ayuda de nada. En una noche oscura, lejos de las ciudades, aparece como una mancha borrosa y alargada, más ancha que la Luna llena. Esa mancha son cientos de miles de millones de estrellas. La luz que llega a tu retina salió de allí hace 2,5 millones de años. Por entonces, en el este de África ya caminaban los primeros representantes del género Homo, que llevaba en escena un cuarto de millón de años.

Y viene hacia nosotros: se acerca a unos 110 kilómetros por segundo. Durante una década se dio por hecho que chocaría con la Vía Láctea dentro de unos 4.500 millones de años, y así se sigue contando en casi todas partes. Ya no. Un trabajo publicado en Nature Astronomy en junio de 2025 rehízo el cálculo con datos de Gaia y del Hubble e incluyó algo que faltaba: el tirón de la Gran Nube de Magallanes, que empuja en perpendicular. El resultado cambia la historia: alrededor de un 2% de probabilidad de fusión en los próximos 5.000 millones de años, y poco más que una moneda al aire en los próximos 10.000. Lo que era un hecho de manual se ha quedado en un empate.

Si llega a ocurrir, «chocar» seguirá siendo una palabra muy generosa: las dos galaxias se atravesarán y acabarán fundiéndose en una sola, pero la probabilidad de que dos estrellas se toquen es prácticamente nula. Es puro asunto de proporciones. Próxima Centauri, la estrella más cercana al Sol, está a casi treinta millones de diámetros solares; entre la Vía Láctea y Andrómeda, en cambio, caben veinticinco Vías Lácteas.

Si el Sol fuera una pelota de tenis, la estrella más cercana estaría a 1.900 kilómetros. Pero si la Vía Láctea entera fuera esa misma pelota, Andrómeda cabría en la misma mesa, a poco más de metro y medio. Las galaxias se rozan; las estrellas viven en el desierto.

Andrómeda se puede ver sin telescopio: es una mancha tenue en una noche muy oscura. La luz que entra hoy en tus ojos salió de allí hace 2,5 millones de años, cuando nuestros primeros parientes ya caminaban por África.

Durante años nos dijeron que chocaría con la Vía Láctea. Ahora ya no es seguro. En 2025 se añadió a la cuenta el empujón lateral de otra galaxia y el futuro cambió: a muy largo plazo, el choque se parece más a lanzar una moneda.

Incluso si ocurre, las galaxias se atravesarán casi sin tocarse. Tienen cientos de miles de millones de estrellas, pero entre una y otra hay un vacío enorme. De lejos parecen abarrotadas; por dentro son casi todo espacio.

Si el Sol fuera una pelota de tenis, la siguiente estrella estaría a 1.900 kilómetros. Si toda la Vía Láctea fuera esa pelota, Andrómeda estaría en la misma mesa. Las galaxias son vecinas; las estrellas viven en el desierto.

Vía Láctea ↔ Andrómeda · 2,5 millones de años luz

entre 80 y 134 galaxias, según el criterio

Virgo, a 54 millones de años luz

520 millones de años luz

93.000 millones de años luz

Ese tercer paso merece una parada, porque casi toda la divulgación lo cuenta mal. Circula una cadena de muñecas rusas que va «Sistema Solar → Vía Láctea → Grupo Local → Cúmulo de Virgo → Supercúmulo → Laniakea». Ese cuarto eslabón no existe. El Cúmulo de Virgo está a 54 millones de años luz, y su radio virial —la frontera dentro de la cual las galaxias están de verdad atrapadas— no llega a seis millones. Estamos casi diez veces más lejos de eso. No somos contenido suyo: somos hermanos, dos piezas del mismo supercúmulo, del que Virgo es el núcleo denso y nosotros el arrabal.

Su tirón sí lo notamos: todo el Grupo Local cae hacia Virgo a unos 220 kilómetros por segundo. Pero no llegaremos. La frontera desde la que las galaxias empiezan a caer de verdad está a 23 millones de años luz, y nosotros estamos al doble de esa distancia: nuestra caída es un espejismo y a la larga la expansión nos separa. Estamos en el borde de casi todo. Y el propio Laniakea, que en 2014 se presentó como nuestro supercúmulo, ni siquiera está ligado por la gravedad: acabará dispersándose. Es menos una estructura que una cuenca hidrográfica.

Y aquí llega la cifra que rompe la intuición. El universo tiene 13.800 millones de años, así que uno esperaría que lo más lejano visible estuviera a 13.800 millones de años luz. Pero el universo observable mide 93.000 millones de años luz de extremo a extremo. No es un error de cuentas. El espacio no se quedó quieto mientras la luz viajaba: la de las galaxias más antiguas salió cuando estaban mucho más cerca, y el terreno que ya había recorrido se estiró por debajo de ella.

Hay una frontera todavía más antigua. Durante sus primeros 380.000 años el universo no estaba a oscuras: estaba al rojo vivo y era opaco, un plasma tan denso que cada fotón chocaba con un electrón antes de llegar a ninguna parte. Cuando se enfrió lo suficiente, aquellos fotones siguieron su camino, estirados por la expansión desde el naranja de unos 3.000 kelvin hasta las microondas. Esa es la pared del universo observable: más atrás no hay nada que mirar, porque nada podía verse. Y existe un límite peor. Como la expansión se acelera, hay galaxias cuya luz no llegará jamás: no están fuera del universo, están fuera de nuestro alcance para siempre.

Siete vueltas y media en un segundo. Es lo más rápido que existe, nada lo supera, y en cuanto sales del barrio se queda en nada.

Mirar lejos es mirar atrás. No es una metáfora bonita: es lo único que la luz nos deja hacer.

El mapa del cosmos no funciona como unas muñecas rusas. El cúmulo de Virgo está a 54 millones de años luz y su zona de dominio termina mucho antes de llegar hasta nosotros. No vivimos dentro de Virgo: vivimos en sus afueras.

Virgo tira de nosotros, pero estamos demasiado lejos para caer dentro. Con el tiempo, la expansión del universo ganará. Ni siquiera Laniakea, nuestra enorme comarca de galaxias, durará para siempre: acabará separándose.

El universo tiene 13.800 millones de años, pero la parte que podemos ver mide 93.000 millones de años luz de lado a lado. ¿Cómo puede ser? Mientras la luz viajaba, el propio espacio se fue estirando.

Al principio, el universo era una niebla caliente que no dejaba escapar la luz. Cuando se enfrió, aquella primera luz quedó libre y todavía nos llega. Y hay algo aún más extraño: algunas galaxias se alejan tan deprisa que su luz no llegará jamás.

Siete vueltas y media a la Tierra en un segundo parecen una barbaridad. En el universo, apenas sirven para empezar el viaje.

Mirar Andrómeda es mirar 2,5 millones de años hacia atrás. Mirar lejos siempre es mirar el pasado.

¿Sabías lo de las siete vueltas y media? Cuéntamelo en los comentarios, comparte esta curiosidad con quien creas que va a alucinar, y sígueme para más ciencia y tecnología.

Fuentes y método
  • Constantes y escala terrestre: velocidad de la luz fijada por el BIPM; circunferencia ecuatorial WGS84. De ambas cifras salen las 7,48 vueltas por segundo.
  • Luz en medios: índice de grupo 1,468 para fibra monomodo, según ITU-T G.652 y Corning SMF-28e; equivale a 204.190 km/s y 5,10 vueltas.
  • Distancias: Luna y Sol, NASA/JPL; Próxima Centauri y escala galáctica, Gaia DR3; Andrómeda, NASA y bibliografía astronómica citada en el texto.
  • Andrómeda: Sawala et al., «No certainty of a Milky Way–Andromeda collision», Nature Astronomy, 2 de junio de 2025.
  • Grandes estructuras: Mei et al. para Virgo; Tully et al. para Laniakea; Planck 2018 para la edad y la escala del universo observable.
  • Visualizaciones: se generan en tiempo real. La Tierra combina Blue Marble Next Generation; la Luna utiliza el mosaico global LROC 2025 del CGI Moon Kit de NASA SVS; el cierre integra «Cruising the Cosmic Web» (2024), visualización de Frank Summers basada en una simulación de Martin White y Lars Hernquist.
  • Edición: estás leyendo la versión completa. Ambos niveles conservan las mismas cifras y fuentes. Última revisión editorial: 29 de julio de 2026.